Hay películas que, aun aludiendo a historias o situaciones interesantes, están realizadas a las malas del diablo. Otras tienen en cuenta que el cine narra a través de imágenes y que éstas han de ser intensas, significativas y hermosas. Minnelli, por hablar de un clásico de Hollywood, dirigió, entre muchas otras, El noviazgo del padre de Eddie, una delicia por la razón que digo aunque sea una sencilla comedia sentimental.
Todas las mañanas del mundo es una sucesión ininterrumpida de imágenes de gran belleza, debidas al ojo de Alain Corneau. El director francés, muerto recientemente, hizo películas muy diferentes. Quizá podría decirse que dos son las grandes líneas que pueden atisbarse en su filmografía. Por un lado tendríamos las pertenecientes al cine negro; por otro, las relacionadas con lo literario, tales como Nocturno hindú, según el magnífico relato de A. Tabucci, Estupor y temblores, según una novela de Amelie Nothomb… También realizó una curiosidad de aventuras titulada El príncipe del Pacífico… Como no soy un degustador del cine de policías y criminales, voy a pasar por alto por Police Python 357, uno de los primeros éxitos de Corneau. La verdad es que no me interesa ese policía duro y taciturno, que a las primeras de cambio se ve envuelto en un triángulo amoroso.
Yo diría que Todas las mañanas del mundo es, a mucha distancia de las otras, la mejor película de Corneau, y que habría que incluirla en la línea literaria. Aunque hable de personas reales, parece que el libro de Pascal Quignard es más una novela que una recreación historicista o un producto de la indagación histórica. Comienza con un Marin Marais ya mayor, triste, dándole una lección a unos invisibles alumnos. Señala que él ha sido un fracaso, que la auténtica alma de la música era su maestro, el Señor de Sainte Colombe. Después de esa presentación, dicha en primer plano, vemos un hermosísimo plano medio, en el que la disposiciones de las figuras, las luces y las sombras, y los destellos concentrados en algunos rostros, son dignos de la mejor pintura del XVII, siglo en el que “transcurrirá” el pesar y la música que vendrán luego. En dicho plano, Sainte Colombe toca la viola da gamba para un amigo moribundo. Esa misma tarde de la primavera de 1660 muere su esposa.
Vienen luego unos hermosos planos de exteriores, en los que vemos la casa, unos caminos, a dos niñas pescando en un río... Son tan hermosos como los de interiores y, ligeramente velados, expresan recogimiento. Luego la película será una sucesión ininterrumpida de música y belleza visual.
El aspecto anecdótico se centra en dos cuestiones al menos, en dos focos de tensión. Por un lado, nos señala que la actitud ante el arte y la vida puede darse desde dos posturas contrarias, tal vez complementarias, las que sostienen Sainte Colombe y Marin Marais. Mientras el primero es todo dolor y recogimiento el segundo es alegre, cortesano y vividor. Por otro lado, estamos ante el ser solitario y los demás, en el puente que va de la autenticidad al trato.
La película nos señala constantemente la contraposición entre vida y arte, vida y muerte, vida y soledad... Admiramos a Sainte Colombe por su dedicación a la música pero no podemos admirar el modo en que trata a las hijas. Encerrado con su música y el recuerdo de la esposa muerta, con frecuencia se olvida de las jóvenes e intenta imponerle sus criterios. A este respecto podemos contemplar un plano, allá por el minuto 20 de película, que nos habla de lo que digo. Sainte Colombe está a la derecha, de espaldas, tocando la viola; la hija mayor, una joven ya, está en el centro, con una viola y la determinación de aprender la lección… La pequeña, todavía una niña, está detrás, en segundo plano, a la izquierda, cerca de la ventana por la que entra la luz que ilumina la estancia. Está sentada en el suelo y recostada en la pared. La vemos de perfil; tiene la frente y el rostro arrugados. Luego suspira en primer plano, consciente del olvido en que en ese momento la tienen el padre y la hermana.
Vendrá luego un gesto de cariño: Sainte Colombe le regala una viola a la hija pequeña. Los conciertos de la familia para tres violas fueron renombrados. Hicieron las delicias de los nobles y llegaron a oídos de Luis XIV, el cual lo invita a la Corte. El maestro se niega a dejar su casa y sus recuerdos. Ante la insistencia de los emisarios, señalará que prefiere la luz del crepúsculo al oro que le ofrecen. Antes que Versailles, prefiere el recuerdo de la esposa y la viola da gamba, instrumento al que le añadió una séptima cuerda para que el sonido fuese más melancólico. Nunca logró consolarse. Compuso “La tumba de los lamentos”. Ensayaba quince horas diarias. Con su instrumento conseguía recrear todos los sonidos de la voz humana, desde el suspiro de una joven al sollozo de un anciano, desde un grito de guerra al aliento de un niño.
Aproximadamente en el minuto treinta y cinco aparece por la triste casa un joven desenvuelto y alegre. Llega para que Sainte Colombe se digne tomarlo como alumno. Éste lo acepta “por su dolor, no por su arte”. Poco después, enterado de que toca en la Corte y tal vez temeroso de que le haga el amor a una de sus hijas, lo echa, señalándole de paso que está bien para Versalles pero que nunca será músico.
En Todas las mañanas del mundo hay bodegones dignos de Zurbarán; maravillas literarias; cuadros del siglo XVII, como ya se ha dicho; detalles magníficos o pavorosos de una iglesia barroca; ascuas más ardientes que cualesquiera otras; arias de tenor o soprano en el ruido del viento; ataques de furia motivados por el dolor; abrazos de amor entre dos jóvenes. Y un instante de claudicación, en el que el personaje está dispuesto a hacer algo que odia con tal de que Marin Marais visite a su hija moribunda. Y un discípulo que hace un largo viaje y pasa frío sólo para oír al maestro una última vez. Y siempre, siempre, la estupenda música de Sainte Colombe o de Marin Marais, y creo que también la de Rameau y Lully, interpretada por Jordi Savall, con instrumentos antiguos.
Al final, una vez que la hija mayor de Sainte Colombe se haya suicidado, sabremos que todas las mañanas del mundo no regresan, que algunas se disuelven en el enorme recipiente del tiempo; e intuimos que es muy probable que no haya otra película como ésta.
martes, 21 de diciembre de 2010
miércoles, 1 de diciembre de 2010
EL PECADO DE CLUNY BROWN – A5
Michael Leisen, Gregory LaCava, Preston Sturges… son realizadores de comedias clásicas (Medianoche, Al servicio de las damas, Los viajes de Sullivan, etc.), obras realizadas por precisión, gracia y mala uva. Es posible que el maestro de todos ellos y de algunos más sea Lubitsch, aquel europeo feo y sentimental que se interesaba por los complejos resortes del amor, la sociedad y la política. Que él es el más grande lo prueban Ser o no ser, Ninotcha, Ángel, El bazar de las sorpresas… A mí se me parece a Oscar Wilde. Ambos miraron a la sociedad con ojo crítico y bajo un envoltorio ligero dijeron amargas verdades. Las pocas veces que se pusieron serios, acertaron como el más dotado dramaturgo, dejándonos obras excelsas, tales como El retrato de Dorian Grey y Remordimiento, esta última una estupenda película en la que Lubitsch aboga por la reflexión y el entendimiento entre los pueblos, aun después de una guerra europea.
Si hoy elegimos El pecado de Cluny Brown es porque, siendo una joya igual que las citadas, es menos conocida que ellas. Cuenta historias de amor salpimentadas con asuntos políticos y sociales, aunque tal vez convendría decir que aborda asuntos políticos y sociales aderezados con historias de amor. Ella, Cluny, es una muchacha de clase baja, algo ingenua pero imaginativa y dispuesta, capaz de arreglar un fregadero cuando haga falta. La otra, Elizabeth Cream, Betty para los amigos, es guapa, elegante y muy rica. Es mimada y adorada; tiene el mundo a sus pies: un muchacho de su misma clase le ha pedido que se case con ella, y tiene la intención de pedírselo dos veces más y luego, ante la esperada negativa, olvidarla. Uno de ellos es, supuestamente, el profesor Belinski, un enemigo de Hitler. En realidad es alguien al que ha echado el casero. El otro es Andrew Carmel, guapo, elegante y soltero. Está enamorado de Betty, como no podía ser menos.
La acción se sitúa en Londres y alrededores, en 1938. En la primera secuencia se presentan Belinski y Cluny, la cual ha ido a una mansión con el propósito de arreglar un desagüe atascado, pues su tío el fontanero no ha podido ir. Está la pobretona con un martillo y una llave inglesa en las manos cuando se vuelve hacia Belinski y el dueño de la mansión, y les dice: “¿Han tomado el té en el Ritz?”. Ante la sorpresa de los hombres, aclara: “No es por el té, sino por cómo te dicen ‘por aquí, señorita, ¿una pasta?’ ”.
En la segunda secuencia, durante una fiesta, conocemos a Elizabeth Cream y a Andrew Carmel, y estos a su vez conocen Belinski, el hombre que según ellos es un catedrático de Praga, un escritor, un refugiado, alguien a quien hay que ayudar. Cuando Andrew y un amigo le hablan a Betty de la situación política europea, ella les dice que hagan algo, ya que hablan tanto. “He escrito una carta en el Times”, aclara Andrew.
La acción se sitúa luego en la mansión de los Carmel, donde coinciden Andrew y Betty –como es natural--, Belinski –como invitado— y Cluny --como doncella--. Allí conoceremos a los padres de Andrew, personajes despreocupados por todo lo que no sean sus flores o sus caballos; a un simpático coronel retirado; a un novio de Cluny más preocupado por su madre que por Cluny misma… Se suceden las gracias amorosas inteligentes y ligeras, cínicos comentarios sobre política, asuntos sociales... Parece como si al director no le costara nada construir una comedia perfecta, en la que las palabras y las imágenes tienen dos o tres sentidos y todo fluye a la perfección. Las secuencias son exactas e inteligentes, vaporosas, malintencionadas –o bienintencionadas, según se mire--. Los diálogos son dignos de Oscar Wilde. La realización es digna de Ernst Lubitsch.
Si hoy elegimos El pecado de Cluny Brown es porque, siendo una joya igual que las citadas, es menos conocida que ellas. Cuenta historias de amor salpimentadas con asuntos políticos y sociales, aunque tal vez convendría decir que aborda asuntos políticos y sociales aderezados con historias de amor. Ella, Cluny, es una muchacha de clase baja, algo ingenua pero imaginativa y dispuesta, capaz de arreglar un fregadero cuando haga falta. La otra, Elizabeth Cream, Betty para los amigos, es guapa, elegante y muy rica. Es mimada y adorada; tiene el mundo a sus pies: un muchacho de su misma clase le ha pedido que se case con ella, y tiene la intención de pedírselo dos veces más y luego, ante la esperada negativa, olvidarla. Uno de ellos es, supuestamente, el profesor Belinski, un enemigo de Hitler. En realidad es alguien al que ha echado el casero. El otro es Andrew Carmel, guapo, elegante y soltero. Está enamorado de Betty, como no podía ser menos.
La acción se sitúa en Londres y alrededores, en 1938. En la primera secuencia se presentan Belinski y Cluny, la cual ha ido a una mansión con el propósito de arreglar un desagüe atascado, pues su tío el fontanero no ha podido ir. Está la pobretona con un martillo y una llave inglesa en las manos cuando se vuelve hacia Belinski y el dueño de la mansión, y les dice: “¿Han tomado el té en el Ritz?”. Ante la sorpresa de los hombres, aclara: “No es por el té, sino por cómo te dicen ‘por aquí, señorita, ¿una pasta?’ ”.
En la segunda secuencia, durante una fiesta, conocemos a Elizabeth Cream y a Andrew Carmel, y estos a su vez conocen Belinski, el hombre que según ellos es un catedrático de Praga, un escritor, un refugiado, alguien a quien hay que ayudar. Cuando Andrew y un amigo le hablan a Betty de la situación política europea, ella les dice que hagan algo, ya que hablan tanto. “He escrito una carta en el Times”, aclara Andrew.
La acción se sitúa luego en la mansión de los Carmel, donde coinciden Andrew y Betty –como es natural--, Belinski –como invitado— y Cluny --como doncella--. Allí conoceremos a los padres de Andrew, personajes despreocupados por todo lo que no sean sus flores o sus caballos; a un simpático coronel retirado; a un novio de Cluny más preocupado por su madre que por Cluny misma… Se suceden las gracias amorosas inteligentes y ligeras, cínicos comentarios sobre política, asuntos sociales... Parece como si al director no le costara nada construir una comedia perfecta, en la que las palabras y las imágenes tienen dos o tres sentidos y todo fluye a la perfección. Las secuencias son exactas e inteligentes, vaporosas, malintencionadas –o bienintencionadas, según se mire--. Los diálogos son dignos de Oscar Wilde. La realización es digna de Ernst Lubitsch.
DOS MAESTROS
Estimada N:
Tiene usted razón. Se me atragantan esos dos. Estoy cansado o harto de leer y oír que Alfred Hitchcock y Woody Allen son unos consumados maestros. Después de pensarlo detenidamente durante varios años, he tenido que admitir que sí, que lo son, pues tienen legiones de discípulos y miles de comentaristas lo dan por hecho sin razonar al respecto. Claro que yo añadiría que el primero es maestro del truco y el segundo de la trivialidad.
Tiene usted razón. Se me atragantan esos dos. Estoy cansado o harto de leer y oír que Alfred Hitchcock y Woody Allen son unos consumados maestros. Después de pensarlo detenidamente durante varios años, he tenido que admitir que sí, que lo son, pues tienen legiones de discípulos y miles de comentaristas lo dan por hecho sin razonar al respecto. Claro que yo añadiría que el primero es maestro del truco y el segundo de la trivialidad.
ADMIRADORA N
Una admiradora, de la que no voy a dar su nombre ni su edad, y a la que para entendernos llamaremos N, me llama a veces por teléfono y me comenta asuntos relativos al blog. Yo le he dicho que haga los comentarios en el blog mismo, pero ella se niega. Qué se le va a hacer. De dichos comentarios entresaco de mi memoria dos, que muy bien podrían tener contestación.
El primero señala que me intereso más por el cine clásico que por el de ahora. He de decir que sí. Y añadir que creo que se han hecho más películas entre 1907 y 1990, que entre 2000 y 2010. No es de extrañar, pues, que también se hayan hecho más películas interesantes en el intervalo temporal nombrado en primer lugar. Por otro lado, no hay que olvidar que a lo largo de la historia ha habido períodos en que determinadas manifestaciones literarias o artísticas han brillado más que en otras épocas. Y no porque cualquier tiempo pasado sea mejor… Ni porque cualquier tiempo presente es peor.
El segundo comentario lo comento aparte.
El primero señala que me intereso más por el cine clásico que por el de ahora. He de decir que sí. Y añadir que creo que se han hecho más películas entre 1907 y 1990, que entre 2000 y 2010. No es de extrañar, pues, que también se hayan hecho más películas interesantes en el intervalo temporal nombrado en primer lugar. Por otro lado, no hay que olvidar que a lo largo de la historia ha habido períodos en que determinadas manifestaciones literarias o artísticas han brillado más que en otras épocas. Y no porque cualquier tiempo pasado sea mejor… Ni porque cualquier tiempo presente es peor.
El segundo comentario lo comento aparte.
jueves, 18 de noviembre de 2010
EL HIJO DE LA NOVIA – A3
Un esquema narrativo habitual consiste en mostrar un logro: el héroe está dispuesto a cruzar ríos o montañas, aguantar penalidades y sinsabores, incluso a matar, con tal de conseguir lo que se ha propuesto. Lo que no es tan habitual es que una película muestre el desprendimiento, la cadena de hechos, circunstancias y razonamientos que hacen que una persona acepte abandonar algo que es valioso para ella.
Este es el caso de El hijo de la novia, una película argentina dirigida por Juan José Campanella, del que he visto otras películas que no vale la pena nombrar. Ésta nos muestra cómo Rafael Belvedere, un hombre de unos 40 años, divorciado, con novia y con una hija, se desprende del restaurante que fundaron y le legaron sus padres. El caso es que está todo el tiempo pendiente del teléfono móvil, así como de correr detrás de los proveedores, de los bancos, de los clientes, de los empleados... Y de los padres, con los que ha tenido problemas, pues la madre quiso --mientras tuvo uso razón-- que él fuera alguien considerado socialmente.
Como a Rafael le da un infarto, y en vista de lo dura que es la existencia y de lo difíciles que son las relaciones con los otros, decide vender el restaurante y abandonar sus sueños. Comprende que no es nadie. Poco después se pelea con su novia, con la que no acaba de comprometerse. Ella no tiene ningún sueño pero sabe que él vale, y se lo dice; y también le dice que no es Einstein ni Bill Gate.
Varios hechos merecen ser resaltados. Primero: lo que se nos cuenta puede sucederle a cualquiera, pero no cualquiera puede contarlo. Segundo: la película logra ser una acertada mezcla de comedia y drama. Tercero: los personajes, incluso los secundarios, están perfectamente dibujados e interpretados; el primo que lo ayuda en el restaurante, el cocinero, la ex mujer, la hija, la novia, el amigo... cada uno de ellos es alguien, alguien a quien conocemos.
A mi modo de ver también contiene algo que, siendo importante en el desarrollo de la película, no resulta creíble: los padres. La rancia dulzura con la que están aderezados, las afectadas interpretaciones, el hecho de que siempre anden por ahí, detrás de los actos de Rafael, el que decidan casarse a sus setenta años, lo que resulta una desgracia cinematográfica… han logrado que yo temblara cada vez que olía sus presencias.
El final, esbozado a medias, es estupendo. Rafael Belvedere decide montar otro restaurante. Para eso no valía la pena que se desprendiera del primero, podríamos pensar; y, si esto fuera así, tampoco valdría la pena la historia del desprendimiento, es decir, la película. No es así. Ese nuevo restaurante es distinto, ahora lo quiere y lo adquiere él. Además, Rafael Belvedere ha aprendido a aceptarse. Digamos que ha perdido interés por el prestigio social pero ha enriquecido su espacio privado. Sabe que no será Einstein ni Bill Gate pero ha aprendido que es alguien capaz de entender a los padres, cuidar a la hija, amar a una mujer y regentar un restaurante.
Este es el caso de El hijo de la novia, una película argentina dirigida por Juan José Campanella, del que he visto otras películas que no vale la pena nombrar. Ésta nos muestra cómo Rafael Belvedere, un hombre de unos 40 años, divorciado, con novia y con una hija, se desprende del restaurante que fundaron y le legaron sus padres. El caso es que está todo el tiempo pendiente del teléfono móvil, así como de correr detrás de los proveedores, de los bancos, de los clientes, de los empleados... Y de los padres, con los que ha tenido problemas, pues la madre quiso --mientras tuvo uso razón-- que él fuera alguien considerado socialmente.
Como a Rafael le da un infarto, y en vista de lo dura que es la existencia y de lo difíciles que son las relaciones con los otros, decide vender el restaurante y abandonar sus sueños. Comprende que no es nadie. Poco después se pelea con su novia, con la que no acaba de comprometerse. Ella no tiene ningún sueño pero sabe que él vale, y se lo dice; y también le dice que no es Einstein ni Bill Gate.
Varios hechos merecen ser resaltados. Primero: lo que se nos cuenta puede sucederle a cualquiera, pero no cualquiera puede contarlo. Segundo: la película logra ser una acertada mezcla de comedia y drama. Tercero: los personajes, incluso los secundarios, están perfectamente dibujados e interpretados; el primo que lo ayuda en el restaurante, el cocinero, la ex mujer, la hija, la novia, el amigo... cada uno de ellos es alguien, alguien a quien conocemos.
A mi modo de ver también contiene algo que, siendo importante en el desarrollo de la película, no resulta creíble: los padres. La rancia dulzura con la que están aderezados, las afectadas interpretaciones, el hecho de que siempre anden por ahí, detrás de los actos de Rafael, el que decidan casarse a sus setenta años, lo que resulta una desgracia cinematográfica… han logrado que yo temblara cada vez que olía sus presencias.
El final, esbozado a medias, es estupendo. Rafael Belvedere decide montar otro restaurante. Para eso no valía la pena que se desprendiera del primero, podríamos pensar; y, si esto fuera así, tampoco valdría la pena la historia del desprendimiento, es decir, la película. No es así. Ese nuevo restaurante es distinto, ahora lo quiere y lo adquiere él. Además, Rafael Belvedere ha aprendido a aceptarse. Digamos que ha perdido interés por el prestigio social pero ha enriquecido su espacio privado. Sabe que no será Einstein ni Bill Gate pero ha aprendido que es alguien capaz de entender a los padres, cuidar a la hija, amar a una mujer y regentar un restaurante.
LA PUERTA DEL DIABLO – A4
En una época, cuando hablábamos de cine y yo señalaba mi predilección por el western, una amiga mía aseguraba que en las películas de ese género no se veía otra cosa que hombres a caballo disparando a diestro y siniestro. Yo le argumentaba en sentido contrario, pero no había manera. Hasta que decidí invitarla a casa y hacerle ver El hombre que mató a Liberty Valance (J. Ford, 1962), después de señalarle que en esa película se abordan conceptos como historia y leyenda, héroe y político, amor y renuncia, barbarie y civilización, ignorancia y aprendizaje. Cuando terminó la proyección estaba con la boca abierta. Cuando pudo hablar, dijo: “Pero eso no es un western”. “¿Ah, no?”, le repliqué.
Es verdad que hay muchos westerns mediocres en los que la mitad de la acción consiste, en efecto, en un grupo de malos que cabalgan y disparan hacia atrás, mientras los buenos disparan hacia adelante. Pero en los grandes westerns hay pocos caballos y pocos tiros, excepto en Whinchester 73 y alguna otra.
Después de hacerle un homenaje a John Ford, podríamos decir que Anthony Mann nos ha legado unos cuantos westerns magníficos. La puerta del diablo, Whinchester 73, Cazador de forajidos, Tierras lejanas, Horizontes lejanos, El hombre del Oeste, El hombre de Laramie, Colorado Jim. Yo siento especial predilección por la que suscita este comentario, por Winchester 73 (la encarnizada lucha por el poder de un grupo de personas, más interesante que El halcón maltés de J. Huston, que goza de demasiado prestigio y aborda el mismo tema), por Cazador de forajidos y por Tierras lejanas; en ésta, el protagonista, un individuo en principio ferozmente egoísta (no pide favores porque puede cuidar de sí mismo y no se fía de nadie para que no lo lastimen), evoluciona al ver y sufrir la maldad, y se convierte en héroe, en alguien que aborda la acción en beneficio de la comunidad.
En un momento dado está ante unas montañas muy altas, nevadas, impresionantes, hermosísimas, con el propósito de llevar a un poblado del Canadá, en el que han descubierto oro, unas vacas suyas y los enseres de quien lo ha contratado, una mujer activa y resuelta, de esas que a veces se ven en el Oeste. En las laderas, un numeroso grupo de personas espera a que el tiempo mejore para poder atravesar el puerto del Caballo Blanco. Vale la pena ver la película solo por contemplar esta escena, para extasiarse con ese paisaje.
En La puerta del diablo (1950) no hay montañas espectaculares ni horizontes abiertos, ni vastas y luminosas praderas. Y no es que no haya paisaje; está ahí, detrás, magnífico y hermoso, pero A. Mann no se recrea en él en esta ocasión. La película, rodada en blanco y negro, opta por una imagen muy contrastada, cerrada sobre sí misma, próxima al expresionismo, como conviene a un argumento trágico. Creo que es un western que se puede inscribir en dos corrientes del género: por un lado en el de los indios y la dignidad, al estilo de Flecha rota; por otro, en el de los westerns psicológicos, en los que no importan tanto los disparos y las cabalgadas como la evolución de los personajes, sus razones, sus empeños, sus personalidades…
Como muchas películas del Oeste, ésta comienza con un hombre que llega a un poblado. Enseguida sabemos que no es alguien que viene de lejos a resolver algún problema, es uno que, después de haber estado en la Guerra de Secesión, regresa a su tierra, donde no es bien recibido por todos, a juzgar por cómo le ladra un perro y por cómo lo trata uno de los parroquianos cuando entra al saloon.
El que llega, el protagonista, es Lance Poole (interpretado por Robert Taylor, un actor famoso, lo que da idea de la dignidad con que Mann y demás autores de la obra quieren tratar a los indios), un navajo semidesclasado. Vive entre los blancos, aunque ligeramente aislado de ellos, después de intervenir en la guerra citada en el lado de los vencedores. Le han dado la Medalla al valor del Congreso, la máxima condecoración y, ya en tiempos de paz, con el dinero que consiguió en el ejército, agranda las tierras de su padre y crea el más grande y mejor rancho de la zona.
Debido a los avatares político-administrativos, al territorio llegan los colonos, los cuales pueden comprar las tierras que puedan, pues hasta entonces nadie tenía título de propiedad. Casi todos los que ya estaban establecidos en el territorio “compran sus propias tierras”. A Lance Poole no se lo permiten. La Administración de los EEUU de aquella época no lo considera un ciudadano sino un protegido, a pesar de ser rico, a pesar de tener una abogada guapa y comprensiva. Ese hecho hiere su dignidad, irrevocablemente.
Decía que podemos considerar La puerta del diablo como un western psicológico. De lance Poole conocemos sus debilidades y su cerrazón, sus empeños y su orgullo. Comprendemos que en el pueblo hay gentes que lo tratan como a un igual y otras que lo tratan como a un indio asqueroso. También conocemos los motivos por los que la joven abogada decide ayudarlo. Comprendemos las razones por las que algunos colonos deciden pasar por las tierras del indio. En medio del relato trágico se introducen razones, luchas, actitudes, enemistades, amistades de varios y diversos personajes. En este sentido la película es amplia y compleja.
Poco después de la primera mitad de La puerta del diablo, nos encontramos en la encrucijada que debe tener toda tragedia. Si el protagonista actúa y se enfrenta a los colonos, acabará muriendo, pues el ejército defenderá las leyes del gobierno –por no hablar de los grupos que, alentados por un “caballeroso” abogado, están dispuestos a pelear contra un indio y despojarlo de sus tierras--. Si no actúa no podrá mirarse al espejo ni ayudar a los suyos, al grupo de navajos que ha escapado de la reserva, del hambre y la miseria y se ha refugiado en su rancho. Opta por actuar, con lo que todos sabemos que le espera la muerte, bien a manos del grupo racista que se forma para instigarlo, bien a manos de los soldados que antaño fueron sus compañeros.
El protagonista actúa; y muere, como todos los navajos varones que se habían refugiado en el rancho. Su gesto, como le dice a la abogada que lleva su caso, no tiene otro sentido que constituirse en una lección. Pero también en el terreno didáctico el caso puede ser trágico, pues como dice en el momento de su muerte… Estamos ante el magnífico final. Lance Pool, el único que queda vivo aunque herido de muerte, viste el uniforme del ejército de los EEUU, se coloca la medalla en el pecho y se presenta ante el oficial que manda la compañía a la que le han encomendado acabar con la revuelta. Lo saludan militarmente, él contesta el saludo y dice, antes de caer: “Será espantoso olvidar esta lección”. Lo cual es doblemente trágico, pues los espectadores sabemos que después de aquello se han dado situaciones en las que no se ha tenido en cuenta el heroico sacrificio de Lance Pool.
Es verdad que hay muchos westerns mediocres en los que la mitad de la acción consiste, en efecto, en un grupo de malos que cabalgan y disparan hacia atrás, mientras los buenos disparan hacia adelante. Pero en los grandes westerns hay pocos caballos y pocos tiros, excepto en Whinchester 73 y alguna otra.
Después de hacerle un homenaje a John Ford, podríamos decir que Anthony Mann nos ha legado unos cuantos westerns magníficos. La puerta del diablo, Whinchester 73, Cazador de forajidos, Tierras lejanas, Horizontes lejanos, El hombre del Oeste, El hombre de Laramie, Colorado Jim. Yo siento especial predilección por la que suscita este comentario, por Winchester 73 (la encarnizada lucha por el poder de un grupo de personas, más interesante que El halcón maltés de J. Huston, que goza de demasiado prestigio y aborda el mismo tema), por Cazador de forajidos y por Tierras lejanas; en ésta, el protagonista, un individuo en principio ferozmente egoísta (no pide favores porque puede cuidar de sí mismo y no se fía de nadie para que no lo lastimen), evoluciona al ver y sufrir la maldad, y se convierte en héroe, en alguien que aborda la acción en beneficio de la comunidad.
En un momento dado está ante unas montañas muy altas, nevadas, impresionantes, hermosísimas, con el propósito de llevar a un poblado del Canadá, en el que han descubierto oro, unas vacas suyas y los enseres de quien lo ha contratado, una mujer activa y resuelta, de esas que a veces se ven en el Oeste. En las laderas, un numeroso grupo de personas espera a que el tiempo mejore para poder atravesar el puerto del Caballo Blanco. Vale la pena ver la película solo por contemplar esta escena, para extasiarse con ese paisaje.
En La puerta del diablo (1950) no hay montañas espectaculares ni horizontes abiertos, ni vastas y luminosas praderas. Y no es que no haya paisaje; está ahí, detrás, magnífico y hermoso, pero A. Mann no se recrea en él en esta ocasión. La película, rodada en blanco y negro, opta por una imagen muy contrastada, cerrada sobre sí misma, próxima al expresionismo, como conviene a un argumento trágico. Creo que es un western que se puede inscribir en dos corrientes del género: por un lado en el de los indios y la dignidad, al estilo de Flecha rota; por otro, en el de los westerns psicológicos, en los que no importan tanto los disparos y las cabalgadas como la evolución de los personajes, sus razones, sus empeños, sus personalidades…
Como muchas películas del Oeste, ésta comienza con un hombre que llega a un poblado. Enseguida sabemos que no es alguien que viene de lejos a resolver algún problema, es uno que, después de haber estado en la Guerra de Secesión, regresa a su tierra, donde no es bien recibido por todos, a juzgar por cómo le ladra un perro y por cómo lo trata uno de los parroquianos cuando entra al saloon.
El que llega, el protagonista, es Lance Poole (interpretado por Robert Taylor, un actor famoso, lo que da idea de la dignidad con que Mann y demás autores de la obra quieren tratar a los indios), un navajo semidesclasado. Vive entre los blancos, aunque ligeramente aislado de ellos, después de intervenir en la guerra citada en el lado de los vencedores. Le han dado la Medalla al valor del Congreso, la máxima condecoración y, ya en tiempos de paz, con el dinero que consiguió en el ejército, agranda las tierras de su padre y crea el más grande y mejor rancho de la zona.
Debido a los avatares político-administrativos, al territorio llegan los colonos, los cuales pueden comprar las tierras que puedan, pues hasta entonces nadie tenía título de propiedad. Casi todos los que ya estaban establecidos en el territorio “compran sus propias tierras”. A Lance Poole no se lo permiten. La Administración de los EEUU de aquella época no lo considera un ciudadano sino un protegido, a pesar de ser rico, a pesar de tener una abogada guapa y comprensiva. Ese hecho hiere su dignidad, irrevocablemente.
Decía que podemos considerar La puerta del diablo como un western psicológico. De lance Poole conocemos sus debilidades y su cerrazón, sus empeños y su orgullo. Comprendemos que en el pueblo hay gentes que lo tratan como a un igual y otras que lo tratan como a un indio asqueroso. También conocemos los motivos por los que la joven abogada decide ayudarlo. Comprendemos las razones por las que algunos colonos deciden pasar por las tierras del indio. En medio del relato trágico se introducen razones, luchas, actitudes, enemistades, amistades de varios y diversos personajes. En este sentido la película es amplia y compleja.
Poco después de la primera mitad de La puerta del diablo, nos encontramos en la encrucijada que debe tener toda tragedia. Si el protagonista actúa y se enfrenta a los colonos, acabará muriendo, pues el ejército defenderá las leyes del gobierno –por no hablar de los grupos que, alentados por un “caballeroso” abogado, están dispuestos a pelear contra un indio y despojarlo de sus tierras--. Si no actúa no podrá mirarse al espejo ni ayudar a los suyos, al grupo de navajos que ha escapado de la reserva, del hambre y la miseria y se ha refugiado en su rancho. Opta por actuar, con lo que todos sabemos que le espera la muerte, bien a manos del grupo racista que se forma para instigarlo, bien a manos de los soldados que antaño fueron sus compañeros.
El protagonista actúa; y muere, como todos los navajos varones que se habían refugiado en el rancho. Su gesto, como le dice a la abogada que lleva su caso, no tiene otro sentido que constituirse en una lección. Pero también en el terreno didáctico el caso puede ser trágico, pues como dice en el momento de su muerte… Estamos ante el magnífico final. Lance Pool, el único que queda vivo aunque herido de muerte, viste el uniforme del ejército de los EEUU, se coloca la medalla en el pecho y se presenta ante el oficial que manda la compañía a la que le han encomendado acabar con la revuelta. Lo saludan militarmente, él contesta el saludo y dice, antes de caer: “Será espantoso olvidar esta lección”. Lo cual es doblemente trágico, pues los espectadores sabemos que después de aquello se han dado situaciones en las que no se ha tenido en cuenta el heroico sacrificio de Lance Pool.
miércoles, 3 de noviembre de 2010
VÉRTIGO – B4
Dicen que Hitchcock dijo que el cine francés es mediocre porque siempre muestra cómo cena una pareja, poco antes de ir a ver una película en la que una pareja está cenando. Lo bueno de los autores de estas sentencias dictadas por el capricho es que nos permiten pagarles con la misma moneda; podemos decir, por ejemplo, que Hitchcock es uno de los clásicos que peor envejece, que el 80% de sus películas sólo constan de astucia y tics narrativos, que todas sus historias aluden a un psicópata o a un pobre inocente que es perseguido o considerado culpable, que a estas alturas sus gracias resultan simplonas.
Claro que si nos ponemos serios podemos quedar en que algunas de las películas de Hitchcock no están mal y que ciertas gracias son pertinentes. Tal vez hizo cuatro que están bien. Si nos ponemos caprichosos podemos decir que el que ha visto una vez cómo un mago saca un conejo de la chistera no se sorprende la segunda vez que ve el fenómeno. También es verdad que Hitchcock es “un maestro”, alguien que tiene discípulos, imitadores. Muchas películas olvidables se han realizado siguiendo sus dictados. Ni Homero ni Ozu ni John Ford son maestros, pues son inimitables. Nadie ha hecho una obra parecida a las suyas, aunque algunos han tratado de imitarlos, para bien o para mal, tales como Virgilio en un caso y Andrew McLaglen en otro.
En una época me gustaba Los pájaros. La última vez que la vi no me asustaron los plumíferos ni sonreí con sus gracias, que me parecieron risibles. Psicosis me ha parecido siempre una nadería mentirosa, igual que Marnie, por no hablar de Frenesí. ¿Qué decir de Cortina rasgada (1966), ese burdo alegato anticomunista, peor que El telón de acero (1948) de W. Wellman? Guardo un grato recuerdo de Atormentada, un melodrama a medio camino entre lo misterioso y lo criminal.
El argumento de Vértigo, resumido e interrumpido, podría enunciarse así: Scottie (James Stewart) es un policía que se ha retirado porque siente vértigo, circunstancia por la que lo contrata un amigo para que siga a su esposa; ésta, llamada Madeleine (Kim Novak) siente cierta fascinación por el pasado y por la muerte, por lo que al parecer su esposo teme que se suicide. Y, en efecto, parece que se suicida, pues Scottie no puede seguirla hasta lo alto de un campanario, debido al vértigo que sufre. Parece que así van a acabar las cosas cuando Scottie conoce a Judy (Kim Novak), una mujer que le recuerda a Madeleine, y por la que se siente fascinado. Etcétera.
Es, en principio, una película de suspense en la que se aparece la historia de un amor obsesivo. Contiene pocas gracias, afortunadamente. La música y la imagen son estupendas. También podría decirse que alberga una misteriosa complejidad. El amor está relacionado con la muerte, la realidad con la ilusión, la identidad con las apariencias. Se acorta la distancia que media entre cotidianeidad e invención. Allí donde se quieren esclarecer los hechos acecha el abismo.
Claro que si nos ponemos serios podemos quedar en que algunas de las películas de Hitchcock no están mal y que ciertas gracias son pertinentes. Tal vez hizo cuatro que están bien. Si nos ponemos caprichosos podemos decir que el que ha visto una vez cómo un mago saca un conejo de la chistera no se sorprende la segunda vez que ve el fenómeno. También es verdad que Hitchcock es “un maestro”, alguien que tiene discípulos, imitadores. Muchas películas olvidables se han realizado siguiendo sus dictados. Ni Homero ni Ozu ni John Ford son maestros, pues son inimitables. Nadie ha hecho una obra parecida a las suyas, aunque algunos han tratado de imitarlos, para bien o para mal, tales como Virgilio en un caso y Andrew McLaglen en otro.
En una época me gustaba Los pájaros. La última vez que la vi no me asustaron los plumíferos ni sonreí con sus gracias, que me parecieron risibles. Psicosis me ha parecido siempre una nadería mentirosa, igual que Marnie, por no hablar de Frenesí. ¿Qué decir de Cortina rasgada (1966), ese burdo alegato anticomunista, peor que El telón de acero (1948) de W. Wellman? Guardo un grato recuerdo de Atormentada, un melodrama a medio camino entre lo misterioso y lo criminal.
El argumento de Vértigo, resumido e interrumpido, podría enunciarse así: Scottie (James Stewart) es un policía que se ha retirado porque siente vértigo, circunstancia por la que lo contrata un amigo para que siga a su esposa; ésta, llamada Madeleine (Kim Novak) siente cierta fascinación por el pasado y por la muerte, por lo que al parecer su esposo teme que se suicide. Y, en efecto, parece que se suicida, pues Scottie no puede seguirla hasta lo alto de un campanario, debido al vértigo que sufre. Parece que así van a acabar las cosas cuando Scottie conoce a Judy (Kim Novak), una mujer que le recuerda a Madeleine, y por la que se siente fascinado. Etcétera.
Es, en principio, una película de suspense en la que se aparece la historia de un amor obsesivo. Contiene pocas gracias, afortunadamente. La música y la imagen son estupendas. También podría decirse que alberga una misteriosa complejidad. El amor está relacionado con la muerte, la realidad con la ilusión, la identidad con las apariencias. Se acorta la distancia que media entre cotidianeidad e invención. Allí donde se quieren esclarecer los hechos acecha el abismo.
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