No acabo de explicarme cómo a unos guionistas y a unos directores se les ha ocurrido hacer lo que hacen. Para no ofender, puedo citar las horribles Ópera prima (F. Trueba), ¿Qué hace una chica como tú...? (F. Colomo) y Pepi, Luci, Bom... (P. Almodóvar), que al fin y al cabo han dado lugar, respectivamente, a las más que interesantes La niña de tus ojos, Los años bárbaros y La flor de mi secreto. Para ofender podría citar… Me callo. Y eso sin pensar en las que emulan escandalosamente a las películas yanquis de sangre y criminales.
Entre un montón de tonterías semimodernas uno puede ver de otra vez algunas películas españolas que no están mal, como, por ejemplo, El camino (Ana Mariscal, jamás citada), o Calle mayor (J. A. Bardem, citada siempre); o, como en nuestro caso, Mi querida señorita (J. de Armiñán). En ésta se narra algo interesante a base de imágenes expresivas. Aquí, a unas imágenes le suceden otras en función de la narratividad, eso que hace que, después de mostrar determinadas acciones, lo adecuado (o lo artístico o lo sublime) sea mostrar esas otras, con vistas a señalar vívidamente lo que se relata y el paso del tiempo.
Aparte de lo dicho, en esta película hay que resaltar la interpretación de José Luis López Vázquez. Valdría la pena ver Mi querida señorita sólo por eso. Tanto cuando es doña Adela como cuando es Juan, se muestra como un actor extraordinario, lo que quiere decir que nadie o casi nadie podría hacer lo que él. Lejos de los tics interpretativos que nos “regala” en el 70 % de sus papeles, aquí es un actor grande, rico en matices, de gesto expresivo, poseedor de una mirada única.
Además de ser una película con la narratividad ajustada y una interpretación extraordinaria, Mi querida señorita nos habla de “un caso interesante”, o por lo menos interesante por mostrársenos como se nos muestra. En la primera parte José Luis López Vázquez es doña Adela Castro, una mujer mayor, católica y puritana que “acoge” a Isabelita, una muchacha de servicio, por la que se preocupa en exceso. Sin amaneramiento alguno, con el gesto justo, López Vázquez logra que uno se crea que él es esa señora que vive en su pueblo y en su casa de siempre.
Lo que sucede es que doña Adela va al médico y... Resulta que es un hombre, un hombre que adoptará el nombre de Juan e irá a vivir a otro lugar. Ese ser desconocido para sí mismo y desconocedor del nuevo espacio que lo acoge y de sus nuevas ocupaciones, ese hombre de gestos suaves pero en absoluto amanerados es también un inmenso José Luis López Vázquez.
domingo, 20 de junio de 2010
EL HALCÓN MALTÉS - B3
No me gustan las películas de asesinos ni las de psicópatas. Por lo general van tras el exhibicionismo de la violencia, ese asunto que deberíamos desterrar del cine, de la televisión, de los juguetes, de la política y de la vida. El silencio de los corderos, por poner un ejemplo famoso, me parece un artefacto fílmico; es como una de esas desgraciadas máquinas electrónicas con las que los jóvenes juegan a destripar.
En cambio, le tengo cierto aprecio al cine negro. Éste nos señala que en la vida, junto al amor o a la amistad, podemos encontrar algún tipo de violencia, y nos presenta a personas más o menos normales que, bajo determinadas circunstancias, pueden elegir el camino del mal. Pero ése es otro asunto: una parte de la realidad, no una exhibición de perversiones. Creo que a medio camino entre esos dos géneros se encuentra El halcón maltés, una película que parte de una historia magnífica aunque la realización, a mi modo de ver, no tiene la adecuada inspiración, es rutinaria y contiene demasiados diálogos en plano / contraplano.
El tema central se ha abordado en otras películas: hay unas cuantas personas cada una de las cuales se empeña en conseguir algo que considera muy valioso, un objeto que es símbolo de poder. En Winchester 73, por ejemplo, el objeto es un arma que mata más y mejor que ninguna otra. En El halcón maltés, las personas acaban matándose con tal de conseguir una estatuilla, un pájaro de oro y joyas que los caballeros templarios le regalaron al emperador Carlos V.
Al despacho de los detectives Spade y Archer llega una mujer apellidada O'Shaughnessy, a proponerles un asunto aparentemente inocente. Por dinero ellos están dispuesto a lo que sea y aceptan el caso. Archer va a una cita con la mujer y es asesinado. Sam Spade se ve envuelto en un turbio y embrollado asunto. Aparte de que comienza a seguirlo un tipo mal encarado, la Srta. O’ Shaughnessy resulta ser Miss Wonderly, la cual resulta ser Miss Leblanc. Además, al despacho del detective llega un tal Joel Cairo y lo apunta con una pistola. Además, un tal Gutman lo cita en un hotel para proponerle un trato en torno al pájaro. Además, al despacho llega un moribundo con el pájaro envuelto en unos periódicos. Además... Se producen unas cuantas muertes.
En la búsqueda frenética del pájaro, las personas llegan a comportarse como tiburones enloquecidos, sin respetar el amor ni cejar en el empeño ni darse cuenta de que el dichoso pájaro está hecho de un material que no vale nada.
En cambio, le tengo cierto aprecio al cine negro. Éste nos señala que en la vida, junto al amor o a la amistad, podemos encontrar algún tipo de violencia, y nos presenta a personas más o menos normales que, bajo determinadas circunstancias, pueden elegir el camino del mal. Pero ése es otro asunto: una parte de la realidad, no una exhibición de perversiones. Creo que a medio camino entre esos dos géneros se encuentra El halcón maltés, una película que parte de una historia magnífica aunque la realización, a mi modo de ver, no tiene la adecuada inspiración, es rutinaria y contiene demasiados diálogos en plano / contraplano.
El tema central se ha abordado en otras películas: hay unas cuantas personas cada una de las cuales se empeña en conseguir algo que considera muy valioso, un objeto que es símbolo de poder. En Winchester 73, por ejemplo, el objeto es un arma que mata más y mejor que ninguna otra. En El halcón maltés, las personas acaban matándose con tal de conseguir una estatuilla, un pájaro de oro y joyas que los caballeros templarios le regalaron al emperador Carlos V.
Al despacho de los detectives Spade y Archer llega una mujer apellidada O'Shaughnessy, a proponerles un asunto aparentemente inocente. Por dinero ellos están dispuesto a lo que sea y aceptan el caso. Archer va a una cita con la mujer y es asesinado. Sam Spade se ve envuelto en un turbio y embrollado asunto. Aparte de que comienza a seguirlo un tipo mal encarado, la Srta. O’ Shaughnessy resulta ser Miss Wonderly, la cual resulta ser Miss Leblanc. Además, al despacho del detective llega un tal Joel Cairo y lo apunta con una pistola. Además, un tal Gutman lo cita en un hotel para proponerle un trato en torno al pájaro. Además, al despacho llega un moribundo con el pájaro envuelto en unos periódicos. Además... Se producen unas cuantas muertes.
En la búsqueda frenética del pájaro, las personas llegan a comportarse como tiburones enloquecidos, sin respetar el amor ni cejar en el empeño ni darse cuenta de que el dichoso pájaro está hecho de un material que no vale nada.
martes, 15 de junio de 2010
EL AMIGO DE MI AMIGA - A3
Mi noche con Maud, Pauline en la playa, La buena boda, El rayo verde, Cuento de primavera... Cada una de las hermosas películas de Rohmer es como un relato sencillo contado con las imágenes precisas. Juntas conforman una comedia humana en la que se abordan posiciones morales, sentimientos, relaciones paterno-filiales, ilusiones y desilusiones de los hombres y de las mujeres de nuestro tiempo... Y todo eso sin grandes discursos ni grandes dramas ni grandes gestas.
El asunto de El amigo de mi amiga es muy sencillo. Un buen día se conocen Blanche y Léa, dos muchachas de 24 y 22 años. Blanche no tiene novio pero está enamorada de Alexandre, mientras que Léa tiene un novio llamado Fabien del que no está enamorada. Después de acercamientos y rupturas, Léa y Fabien cortan definitivamente. Después de varias dudas y de quedarse estática ante la posibilidad, Blanche se desenamora de Alexandre y se enamora de Fabien. Alexandre se da cuenta de que Léa le gusta, lo cual no le disgusta a Léa. Así que Blanche se queda con Fabien y Léa con Alexandre.
Eso es todo. Nada de una guerra de independencia ni de algún hecho decisivo en la historia de la humanidad. ¿Eso es todo? No. Entonces, si hay algo más que el sencillo lío sentimental, ¿dónde está el secreto? Yo creo que parte del secreto consiste en que, al ver la película, llegamos a conocer a Blanche y a Léa, a Fabien y a Alexandre mejor que si fueran unos amigos con los que hemos ido a cenar veinte veces. ¿Sólo eso? Y porque admiramos la sabia sencillez con que se nos presenta esta compleja geometría de sentimientos. Y porque sabemos que en el arte lo sencillo-significativo es más difícil de lograr que lo tumultuoso-comunicable.
Esta película sosegada que nos permite pensar y contemplar cómo dos personas se miran o cómo la brisa mueve las copas de los árboles, es mucho más valiosa que setenta veces siete películas de prisas y montajes que subrayan la aceleración y se proponen no dejarnos pensar.
El amigo de mi amiga forma parte de “Comedias y proverbios”, un conjunto de películas de Rohmer. Pues bien, he aquí un proverbio para finalizar: Los amigos de Rohmer son mis amigos, aunque no sean héroes ni seres perfectos, aunque sean –o quizás porque son-- caprichosos, vanidosos, tímidos, buenas personas, listos e ingeniosos
El asunto de El amigo de mi amiga es muy sencillo. Un buen día se conocen Blanche y Léa, dos muchachas de 24 y 22 años. Blanche no tiene novio pero está enamorada de Alexandre, mientras que Léa tiene un novio llamado Fabien del que no está enamorada. Después de acercamientos y rupturas, Léa y Fabien cortan definitivamente. Después de varias dudas y de quedarse estática ante la posibilidad, Blanche se desenamora de Alexandre y se enamora de Fabien. Alexandre se da cuenta de que Léa le gusta, lo cual no le disgusta a Léa. Así que Blanche se queda con Fabien y Léa con Alexandre.
Eso es todo. Nada de una guerra de independencia ni de algún hecho decisivo en la historia de la humanidad. ¿Eso es todo? No. Entonces, si hay algo más que el sencillo lío sentimental, ¿dónde está el secreto? Yo creo que parte del secreto consiste en que, al ver la película, llegamos a conocer a Blanche y a Léa, a Fabien y a Alexandre mejor que si fueran unos amigos con los que hemos ido a cenar veinte veces. ¿Sólo eso? Y porque admiramos la sabia sencillez con que se nos presenta esta compleja geometría de sentimientos. Y porque sabemos que en el arte lo sencillo-significativo es más difícil de lograr que lo tumultuoso-comunicable.
Esta película sosegada que nos permite pensar y contemplar cómo dos personas se miran o cómo la brisa mueve las copas de los árboles, es mucho más valiosa que setenta veces siete películas de prisas y montajes que subrayan la aceleración y se proponen no dejarnos pensar.
El amigo de mi amiga forma parte de “Comedias y proverbios”, un conjunto de películas de Rohmer. Pues bien, he aquí un proverbio para finalizar: Los amigos de Rohmer son mis amigos, aunque no sean héroes ni seres perfectos, aunque sean –o quizás porque son-- caprichosos, vanidosos, tímidos, buenas personas, listos e ingeniosos
CANTANDO BAJO LA LLUVIA - B5
Dentro del musical clásico se realizaron unas cuantas películas que podríamos considerar importantes, la mitad de ellas con Gene Kelly, entre las que podríamos citar a Siete novias para siete hermanos, Un día en Nueva York (G. K.), Cita en San Louis, Siempre hace buen tiempo (G. K.), Melodías de Broadway 1952 (The Band Wagon) y Un americano en París (G. K.). Dentro de este género también se realizaron unas cuentas películas simpáticas, algunas más que soportables porque en ellas actúa Fred Astaire.
Es posible que, como señalan los aficionados a hacer este tipo de listas, Cantando bajo la lluvia sea el mejor musical de todos los tiempos. Yo lo tengo por cierto, aunque no colocaría muy por debajo a The Band Wagon.
Cantando bajo la lluvia es tan inspirada, tan divertida, tan alegre, tan perfecta...
Funciona como una sabia combinación de cine y realidad, de seriedad y sonrisa, de amor y amistad. Acertada y consecuentemente con el planteamiento argumental, los números musicales constituyen una sabia combinación entre el viejo y el nuevo estilos. No sabe uno si son mejores los números musicales “viejos”, los que tienen lugar en un escenario, o los “nuevos”, los que son parte de “la vida real”. No sabe uno qué es mejor, si el número al estilo antiguo en el que Don Lockwood narra cómo llego a Broadway y donde se encuentra con las larguísimas y atractivas piernas de Cyd Charisse, o el número en el que Don Lockwood, su amigo Cosmo Brown y su enamorada Kathy Selden bailan sin que ninguno pierda el paso, sin que ninguno de los tres se adelante o atrase una milésima de segundo, y donde parece que Donald O’Connor y Debbie Reynolds son tan buenos bailarines como Gene Kelly. Por no hablar del momento en que G. K. canta y baila bajo la lluvia, en el que parece que no se puede hacer mejor, y donde hasta las gotas de agua interpretan a la perfección su importante papel.
Cantando bajo la lluvia es una película tan perfecta que podríamos decir que todas su partes funcionan como un reloj, si no fuera porque en ese tipo de mecanismos no hay lugar para la sorpresa, el misterio o la alegría. Pero podríamos decir que es tan perfecta como si en lugar de ser un producto de la voluntad y el talento humanos, fuese algo que un par de humanos encontraron en la naturaleza.
Es posible que, como señalan los aficionados a hacer este tipo de listas, Cantando bajo la lluvia sea el mejor musical de todos los tiempos. Yo lo tengo por cierto, aunque no colocaría muy por debajo a The Band Wagon.
Cantando bajo la lluvia es tan inspirada, tan divertida, tan alegre, tan perfecta...
Funciona como una sabia combinación de cine y realidad, de seriedad y sonrisa, de amor y amistad. Acertada y consecuentemente con el planteamiento argumental, los números musicales constituyen una sabia combinación entre el viejo y el nuevo estilos. No sabe uno si son mejores los números musicales “viejos”, los que tienen lugar en un escenario, o los “nuevos”, los que son parte de “la vida real”. No sabe uno qué es mejor, si el número al estilo antiguo en el que Don Lockwood narra cómo llego a Broadway y donde se encuentra con las larguísimas y atractivas piernas de Cyd Charisse, o el número en el que Don Lockwood, su amigo Cosmo Brown y su enamorada Kathy Selden bailan sin que ninguno pierda el paso, sin que ninguno de los tres se adelante o atrase una milésima de segundo, y donde parece que Donald O’Connor y Debbie Reynolds son tan buenos bailarines como Gene Kelly. Por no hablar del momento en que G. K. canta y baila bajo la lluvia, en el que parece que no se puede hacer mejor, y donde hasta las gotas de agua interpretan a la perfección su importante papel.
Cantando bajo la lluvia es una película tan perfecta que podríamos decir que todas su partes funcionan como un reloj, si no fuera porque en ese tipo de mecanismos no hay lugar para la sorpresa, el misterio o la alegría. Pero podríamos decir que es tan perfecta como si en lugar de ser un producto de la voluntad y el talento humanos, fuese algo que un par de humanos encontraron en la naturaleza.
viernes, 11 de junio de 2010
CON LA MUERTE EN LOS TALONES - C2
De un tiempo a esta parte me sorprende la rara unanimidad que ha habido, que tal vez hay en torno al cine de Hitchcock. Casi todos los comentaristas, cuando abordan una película suya, la alaban hasta límites insospechados, dando por supuesto de que es obra de un genio y casi siempre fundándose en el truco o “la gracia” que la película contiene, en “la originalidad” de que hace gala.
Como ha dicho alguien que ahora no recuerdo, la originalidad no debe exhibirse, pues entonces la pretensión se convierte en risible. Las gracias vanas, los trucos intercalados para sorprender al público, quedan en mi memoria como los momentos más vacuos de las películas de Hitchcock y aun del cine. Así, cuando leo esos comentarios laudatorios pienso que un divertido texto podría ser aquél que señalara las secuencias cinematográficamente ridículas de este astuto director. Por ejemplo: la conversación entre la ladrona camino del motel y el policía con gafas oscuras en Psicosis, la caída del caballo de Marnie en Marnie la ladrona, la huida a través del telón de acero en Cortina rasgada, la extrema dificultad que tiene James Stewart para sentarse en un hotel de Marruecos en El hombre que sabía demasiado, el vaso de leche fosforescente en…
¿Cómo se puede considerar un genio del cine a alguien que casi siempre hace películas de un mismo género, a saber: de género Hitchcock? Género repleto de psicopatías, inocentes perseguidos, criminalidad y espionaje, o de una mezcla de todo eso, asuntos que constituyen un mismo filón para un millar de película sin importancia. ¿No será que se le considera un maestro porque, aun sin enseñar nada, es fácil de imitar? (Por cierto, Homero es inimitable, al igual que Cervantes, Dante, Shakespeare, George Elliot, Tolstoi…) ¿Cómo es que hay muchos comentaristas que consideran que es uno de los mejores directores del cine clásico norteamericano, comparable a D. W. Griffith, John Ford, Henry King, Howard Hawks, King Vidor, Leo McCarey, etc. etc. etc? Los citados trataron con seriedad, gracia, precisión y originalidad decenas de asuntos que afectan a la naturaleza humana, o que tal vez la constituyen; Hitchcock no.
“Las gracias” de Con la muerte en los talones podrían ser, en primer lugar, la primera secuencia, en la que nos podemos reír de un Cary Grant completamente borracho conduciendo por unas curvas inverosímiles; y, en último lugar, la última secuencia, en la que los deditos de dicho actor tienen la fuerza y la agilidad necesarios como para agarrarse de las narices de algunos presidentes de EEUU, a pesar de ser pisoteados por los robustos zapatones de los malos.
No acabo de explicarme semejante fenómeno. Entre más veo sus películas más me parece un director astuto y simplón. La última que he revisitado es Los pájaros. Por más que me lo propuse, no pude dejar de reírme no con sino de Hitchcock en un par de ocasiones. Con decir que las únicas que me siguen interesando a medias son dos melodramas medio criminales tituladas Rebeca y Atormentada (Under Capricorn)...
Como ha dicho alguien que ahora no recuerdo, la originalidad no debe exhibirse, pues entonces la pretensión se convierte en risible. Las gracias vanas, los trucos intercalados para sorprender al público, quedan en mi memoria como los momentos más vacuos de las películas de Hitchcock y aun del cine. Así, cuando leo esos comentarios laudatorios pienso que un divertido texto podría ser aquél que señalara las secuencias cinematográficamente ridículas de este astuto director. Por ejemplo: la conversación entre la ladrona camino del motel y el policía con gafas oscuras en Psicosis, la caída del caballo de Marnie en Marnie la ladrona, la huida a través del telón de acero en Cortina rasgada, la extrema dificultad que tiene James Stewart para sentarse en un hotel de Marruecos en El hombre que sabía demasiado, el vaso de leche fosforescente en…
¿Cómo se puede considerar un genio del cine a alguien que casi siempre hace películas de un mismo género, a saber: de género Hitchcock? Género repleto de psicopatías, inocentes perseguidos, criminalidad y espionaje, o de una mezcla de todo eso, asuntos que constituyen un mismo filón para un millar de película sin importancia. ¿No será que se le considera un maestro porque, aun sin enseñar nada, es fácil de imitar? (Por cierto, Homero es inimitable, al igual que Cervantes, Dante, Shakespeare, George Elliot, Tolstoi…) ¿Cómo es que hay muchos comentaristas que consideran que es uno de los mejores directores del cine clásico norteamericano, comparable a D. W. Griffith, John Ford, Henry King, Howard Hawks, King Vidor, Leo McCarey, etc. etc. etc? Los citados trataron con seriedad, gracia, precisión y originalidad decenas de asuntos que afectan a la naturaleza humana, o que tal vez la constituyen; Hitchcock no.
“Las gracias” de Con la muerte en los talones podrían ser, en primer lugar, la primera secuencia, en la que nos podemos reír de un Cary Grant completamente borracho conduciendo por unas curvas inverosímiles; y, en último lugar, la última secuencia, en la que los deditos de dicho actor tienen la fuerza y la agilidad necesarios como para agarrarse de las narices de algunos presidentes de EEUU, a pesar de ser pisoteados por los robustos zapatones de los malos.
No acabo de explicarme semejante fenómeno. Entre más veo sus películas más me parece un director astuto y simplón. La última que he revisitado es Los pájaros. Por más que me lo propuse, no pude dejar de reírme no con sino de Hitchcock en un par de ocasiones. Con decir que las únicas que me siguen interesando a medias son dos melodramas medio criminales tituladas Rebeca y Atormentada (Under Capricorn)...
martes, 25 de mayo de 2010
LAS DOS TORMENTAS – A’5
En los cortos que D. W. Griffith rodó en torno a 1910 se pueden apreciar hallazgos visuales que se convertirían en formas expresivas: el montaje en paralelo (utilizado primeramente por Porter), el primer plano, la colocación de la cámara dos veces en el mismo lugar para señalar el paso del tiempo, “el iris”, el flash back, la fragmentación, el velado... Digamos que enseguida dominó los pocos recursos que había heredado e inventó la mayor parte del vocabulario cinematográfico.
Los hallazgos del pionero norteamericano alcanzaron un punto de esplendor en dos películas monumentales: El nacimiento de una nación e Intolerancia. Por otro lado, inventó los géneros: el western, el trhiller, la comedia, el cine histórico... En todos dejó ejemplos memorables. Yo siento especial predilección por sus melodramas, concretamente por Lirios rotos y Las dos tormentas, especialmente por la última. En estas películas, más intimistas que las citadas anteriormente, logra una gran penetración psicológica utilizando un lenguaje que ya dominaba.
Las dos tormentas (Way Down East, 1920) es completamente moderna, no porque Griffith haya sido un vidente sino porque los directores posteriores siguieron su camino. Al comienzo, después de que se nos indique que se trata de una historia simple y popular, vemos los seis planos siguientes: unas casas entre unos árboles, cerca de un río; una sola casa, la que antes ocupaba el centro, rodeada de árboles, uno de los cuales, situado delante y a la izquierda, mueve las ramas; luego vemos, digamos que desde la puerta de entrada, a dos mujeres sentadas en unas sillas; de nuevo vemos a las dos mujeres pero desde más cerca, una es Anna, la otra es la madre y lee un papel; en el quinto vemos que la joven tiene un pañuelo en la cabeza y juguetea con una escoba; en el sexto plano la madre ha dejado de leer y queda pensativa breves instantes, luego se recupera, suspira y le dice algo a su hija. Además de modernos, esos planos contienen una riqueza visual y expresiva a las que solo acceden los grandes.
La película continúa con momentos memorables. Cuando Anna Moore va a casa de sus parientes ricos a pedirles dinero, éstos están en una fiesta. La planificación de los diferentes grupos que la forman no tiene nada que envidiarle a Blake Edwards. Lennox Sanderson, un seductor, le compra vestidos y la engaña, simulando una boda. Anna queda embarazada. Regresa a la casa y la madre muere. Da a luz un niño enfermo. Sola y desamparada, Anna bautiza in extremis al niño moribundo, en un momento conmovedor.
La echan de la pensión en que se ha cobijado, y vaga sola y triste por los caminos en busca de trabajo. La llegada a casa de los Bartlett es extraordinaria, tanto por los planos que muestran el desamparo en la puerta de la granja como por las significativas miradas que se dirigen Anna y David, el joven hijo de la casa. Siguen imágenes y secuencias inolvidables, de entre las que cabe destacar un plano digno de Orson Welles y la intercalación de eficaces tonos de comedia en medio del drama, aspecto del que tal vez aprendió John Ford.
La famosa secuencia final es extraordinaria. A los Bartlett le han ido con cuentos, por lo que el padre echa a Anna de la casa. David va tras ella. La tormenta, la ventisca, la nevada, el río, los bloques de hielo deslizándose hacia las cataratas… Las fuerzas de la naturaleza dificultan la vida pero invitan al amor y al perdón, en una fiesta de creatividad.
Los hallazgos del pionero norteamericano alcanzaron un punto de esplendor en dos películas monumentales: El nacimiento de una nación e Intolerancia. Por otro lado, inventó los géneros: el western, el trhiller, la comedia, el cine histórico... En todos dejó ejemplos memorables. Yo siento especial predilección por sus melodramas, concretamente por Lirios rotos y Las dos tormentas, especialmente por la última. En estas películas, más intimistas que las citadas anteriormente, logra una gran penetración psicológica utilizando un lenguaje que ya dominaba.
Las dos tormentas (Way Down East, 1920) es completamente moderna, no porque Griffith haya sido un vidente sino porque los directores posteriores siguieron su camino. Al comienzo, después de que se nos indique que se trata de una historia simple y popular, vemos los seis planos siguientes: unas casas entre unos árboles, cerca de un río; una sola casa, la que antes ocupaba el centro, rodeada de árboles, uno de los cuales, situado delante y a la izquierda, mueve las ramas; luego vemos, digamos que desde la puerta de entrada, a dos mujeres sentadas en unas sillas; de nuevo vemos a las dos mujeres pero desde más cerca, una es Anna, la otra es la madre y lee un papel; en el quinto vemos que la joven tiene un pañuelo en la cabeza y juguetea con una escoba; en el sexto plano la madre ha dejado de leer y queda pensativa breves instantes, luego se recupera, suspira y le dice algo a su hija. Además de modernos, esos planos contienen una riqueza visual y expresiva a las que solo acceden los grandes.
La película continúa con momentos memorables. Cuando Anna Moore va a casa de sus parientes ricos a pedirles dinero, éstos están en una fiesta. La planificación de los diferentes grupos que la forman no tiene nada que envidiarle a Blake Edwards. Lennox Sanderson, un seductor, le compra vestidos y la engaña, simulando una boda. Anna queda embarazada. Regresa a la casa y la madre muere. Da a luz un niño enfermo. Sola y desamparada, Anna bautiza in extremis al niño moribundo, en un momento conmovedor.
La echan de la pensión en que se ha cobijado, y vaga sola y triste por los caminos en busca de trabajo. La llegada a casa de los Bartlett es extraordinaria, tanto por los planos que muestran el desamparo en la puerta de la granja como por las significativas miradas que se dirigen Anna y David, el joven hijo de la casa. Siguen imágenes y secuencias inolvidables, de entre las que cabe destacar un plano digno de Orson Welles y la intercalación de eficaces tonos de comedia en medio del drama, aspecto del que tal vez aprendió John Ford.
La famosa secuencia final es extraordinaria. A los Bartlett le han ido con cuentos, por lo que el padre echa a Anna de la casa. David va tras ella. La tormenta, la ventisca, la nevada, el río, los bloques de hielo deslizándose hacia las cataratas… Las fuerzas de la naturaleza dificultan la vida pero invitan al amor y al perdón, en una fiesta de creatividad.
domingo, 9 de mayo de 2010
EN ALGÚN LUGAR DE ÁFRICA - A3
Me repugnan las películas que sólo son variaciones del asesinato y el horror, tomados éstos no como aspectos terribles de la realidad sino como espectáculos complacientes. Me refiero, por citar ejemplos famosos y en ocasiones admirados, a artefactos tecnológicos como Matrix (1, 2 y 3), Babel o algo así, Minority Report, Reservoir dogs… (No señalo las verdaderamente abominables ni los artefactos psicóticos porque no cabrían en un disco duro de diez gigas).
¿Cómo comparar las citadas con En algún lugar de África (Caroline Link, Alemania, 2001), una historia sensible narrada a través del recuerdo, en la que se nos muestran las vivencias de Regina, una niña judío-alemana, así como de sus padres (Jettel y Walter Redlich), un amigo blanco (Süsskind) y un cocinero y amigo negro (Owuor)?
Mientras los nazis se hacen con el poder, y luego, durante la guerra, cuando liquidan a los deudos que se quedaron en Alemania, ellos están en África, un continente del que no se muestran estampas ni folclores. Se nos revela con sencillez cómo es la vida de unos blancos pobres que tratan de sobrevivir trabajando unos terrenos resecos situados en Kenya; y también la actitud ante la vida de Owuor, el cocinero, amigo de Regina, el sabio de esa tierra, tal como reconoce Walter cuando le regala su toga de abogado.
Los tres miembros de la familia mantienen actitudes distintas ante la difícil situación: el padre la acepta y grita que hay que sobrevivir; la madre se muestra constantemente contrariada –por no poder comer, por no poder vestirse como quisiera—; la niña se va encontrando a sí misma, aprende a ser una adolescente y a amar un lugar que le proporciona el crecimiento, y que la fortalece y vivifica.
Como es una película en la que no se han invertido millones de dólares en tecnología y publicidad, como su banda sonora no destroza los oídos ni el tórax, como es lenta y tranquila… es probable que no sea famosa. Por eso quiero recomendar desde aquí esta delicadeza realizada con talento y amor.
¿Cómo comparar las citadas con En algún lugar de África (Caroline Link, Alemania, 2001), una historia sensible narrada a través del recuerdo, en la que se nos muestran las vivencias de Regina, una niña judío-alemana, así como de sus padres (Jettel y Walter Redlich), un amigo blanco (Süsskind) y un cocinero y amigo negro (Owuor)?
Mientras los nazis se hacen con el poder, y luego, durante la guerra, cuando liquidan a los deudos que se quedaron en Alemania, ellos están en África, un continente del que no se muestran estampas ni folclores. Se nos revela con sencillez cómo es la vida de unos blancos pobres que tratan de sobrevivir trabajando unos terrenos resecos situados en Kenya; y también la actitud ante la vida de Owuor, el cocinero, amigo de Regina, el sabio de esa tierra, tal como reconoce Walter cuando le regala su toga de abogado.
Los tres miembros de la familia mantienen actitudes distintas ante la difícil situación: el padre la acepta y grita que hay que sobrevivir; la madre se muestra constantemente contrariada –por no poder comer, por no poder vestirse como quisiera—; la niña se va encontrando a sí misma, aprende a ser una adolescente y a amar un lugar que le proporciona el crecimiento, y que la fortalece y vivifica.
Como es una película en la que no se han invertido millones de dólares en tecnología y publicidad, como su banda sonora no destroza los oídos ni el tórax, como es lenta y tranquila… es probable que no sea famosa. Por eso quiero recomendar desde aquí esta delicadeza realizada con talento y amor.
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